5.- LOS «RUIDERITOS»
Señor Azorín:
Después de nuestra aventura espeleológica en la cueva de
Montesinos, como le tenía prometido, la luz sobre las lagunas recibía
la tarde con los brazos abiertos del crepúsculo. Pasamos por el
hotel, nos aseamos y nos cambiamos la ropa deportiva por otra más
acorde con la propia de un paseo por la hidalga ciudad de Villanueva
de los Infantes, que es Conjunto Histórico artístico desde 1975.
Hacer turismo y mendrugar una merienda cena, este es el
destino de lo huéspedes, pero antes de partir pasamos otra vez por
Ruidera (no he dicho que dista 260 kilómetros de Alicante y que
pertenece a la provincia de Ciudad Real y tiene 610 habitantes en el
censo de 1998), para comprar algunos dulces como regalos, y alguna
que otra sorpresa local.
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Plaza de Cervantes, en
Ruidera |
Nos acercamos para ver la iglesia, la puerta cerrada al
peregrino, le preguntamos a una mujer vestida de luto a la antigua
usanza de los pueblos castellanos. ¿Buenas tardes, a qué hora abren
la iglesia?, ella respondió que solamente los días de la «cataquesis»
y siguió su camino.
Entramos en la panadería, en la misma acera de la iglesia,
atraídos por una ventana con cristal más que escaparate vetusto, casi
amontonado, donde se anunciaban los «ruideritos» que nos llamó la
atención, ya teníamos algo para regalos y sorprender a los amigos. En
la puerta había dos mujeres lugareñas y un hombre labrador, hablando
pausadamente son todo el tiempo del mundo.
–Póngame medio kilo de «ruideritos» para probarlos, unas
mantecadas, unas magdalenas y un poco de carne de membrillo. ¡Tienen
buena cara! –agregó mi mujer al dependiente que no hablaba, al
momento salió un hombre delgado, moreno y dispuesto a dar todo tipo
de explicaciones como un cicerone de la mercadería, parecía ser el
propietario porque tenía cara nocturna de panadero. ¿Es Juan, es
Antonio, es Diego?
–Sí que son buenos, pero los «ruideritos» ya no son lo que eran
antes, porque ahora, la harina viene de Alemania - nos dijo tan
fresco el panadero dicharachero y con ganas de hablar.
–¿Cómo se hacen –preguntó mi mujer, a la que le salió su vena
confitera porque además hace los bizcochos con almendras mejores del
universo habitado.
–Tienen harina de trigo duro, manteca de cerdo ibérico, azúcar
de Salobreña, levadura de pan, huevos de gallinas felices y algún
secreto más que no puedo revelar –o, pudo decir: no quiero revelar,
le pasaba como a Cervantes: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre
no quiero acordarme». Aquí en La Mancha la gente usa lo de acordarse
a voluntad.
–¿De Alemania, la harina?, con todos los trigos que hay en
Castilla –refunfuñó mi mujer a la vez que tocó los «ruideritos» que
estaban un poco secos, según ella.
–Pues sí, señora, hoy en día todo viene de Alemania, los «ruideritos»
ya no son lo que eran por culpa de las máquinas de amasar, ante se
amasaba en artesa a puño y tenía su punto...
Esto de amasar me recordó un verso de Miguel Hernández el XXII
(Panadero) de Perito en lunas (1933), donde escribe los versos
Aunque púgil combato, trigo:/ ya cisne de agua Perito en lunas en
rolde. Y aquí en estos versos gongorinos y herméticos del oriolano
queda escrita la metáfora de la harina que unida al hipérbaton de los
huevos más la azúcar convertida en polvo de lunas, salen los amorosos
y exquisitos «ruideritos».
Al joven dependiente, presunto sordo-mudo aunque lo entendía
todo, el panadero no le daba cuartel, mientras con un lápiz sumó la
cuenta sobre un papel, al estilo de las antiguas tiendas de pueblo,
como mi tía Salvadora en Frigiliana, que todavía sigue haciendo las
cuentas a mano sobre el papel engrasado de envolver los embutidos con
unos números grandísimos, porque asegura que las maquinas de calcular
se pueden equivocar, pero ella no.
Había también en la panadería de Juan, de Antonio, de Diego,
una tienda de ultramarinos, y a la salida, puestas como cebo a las
delicadas narices finas, con toda alevosía, había una caja cuadrada
de madera con un olor a arencas que quitaba el sentido. «¡Esto sí
que es cosa buena, planchaditas con su chorrito de aceite y su pan
recién hecho», comenté al panadero, y él reconoció; «pero ya nos son
la arencas de antes que venían en herradas». No me enteré qué era una
herrada hasta que lo miré en el diccionario, es una especie de cubo
de madera o barrica para conservar las arencas. «¿Pero las arencas no
vienen de Alemania?», dejé caer la ironía, al panadero dicharachero,
moreno, dispuesto, no había forma de sorprenderle porque tenía
respuesta a todas las preguntas. Mi mujer me sentenció: «no se te
ocurra comprar arencas que tú tienes la tensión alta y colesterol».
Estando en la plática de los arenques de Ruidera, volví a ver a
Vicente con sus muletas y sus gafas, le fui a saludar con entusiasmo
de antiguo vecino, de quien lleva allí toda la vida, pero pasó de
largo sin decirme nada porque ya no me recordaba o no quiso
acordarse, porque aquí puedes decidir si acordarte o no acordarte de
algo. A mí me gustan los pueblos vetustos y sus gentes con
conversación larga, hablar como un andaluz abierto, descosido, y no
pasar por mudo, o sin historia. Juan, Antonio, Diego, me contó la
historia de Vicente que nosotros ya sabíamos. En la calle y en el
mismo lugar seguían las dos mujeres y el hombre labrador, hablando.
–¿Cómo está la carretera para Villanueva de los Infantes?
–La carretera de los Infantes la acristianaron para esto del
Centenario y está mejor que los «ruideritos».
6.- DE RUIDERA A
VILLANUEVA DE LOS INFANTES