«Persuadido está Sigüenza de que volver a un lugar es buscarnos de
memoria a nosotros mismos». (Años y leguas). Hagamos memoria de la
egregia figura de un artista alicantino excepcional en su vida y en
su literatura. El 27 de mayo se han cumplido 75 años de la muerte
en su casa de Madrid de Gabriel Miró Ferrer, el escritor de la
filigrana, del detalle relatado y del sentimiento traspasado. Aquel
mes exuberante de 1930, cuajado de la naturaleza que tanto
describió en su intensa obra, se convirtió sin sospecharlo en su
tiempo agónico, en su despedida esperanzada gracias a la fe
demostrada. El 3 de mayo, al regresar de una cena en homenaje a
Unamuno, se sintió indispuesto aquejado en principio de un proceso
griposo que le daba alta fiebre y que luego se descartó con el
convencimiento de tratarse de un cuadro de apendicitis que se iba
agravando hasta que el día 26 los médicos decidieron proceder a una
operación de urgencia de la que no obtuvo la recuperación esperada
y que se convirtió en muerte, entre agudos dolores llevados con
ferviente recogimiento de firme creyente, y producida en la noche
del día 27. Los detalles minuciosos los relata su mejor biógrafo,
el erudito Vicente Ramos, quien convirtió a nuestro ahora
homenajeado Miró en un referente estilístico y en un mentor
interior de su vida y de su obra.
«De entre las cañas se escapó un silbo fuerte, un aliento que decía
palabras apagadas como si nacieran de laringe forrada de paño».
(Del vivir). Hagamos memoria de un Gabriel Miró desbordante de
poesía y de talento, que se nos fue con tan sólo 50 años de edad,
en plena madurez de la palabra y de la expresión, del oficio y de
la experiencia, de la vitalidad comunicativa reservada a quien hace
el trabajo bien hecho, rehuyendo por norma de convencionalismos
sociales, famas, extravagancias ni politiqueos, concentrado siempre
ante la convocatoria imprevisible de las musas, fámulo ardiente de
la inspiración, desventurado de oficialidad y acaudalado de
afectuosidad familiar y hogareña de un modo sublimemente
significativo. En el lecho de muerte estaban su mujer y sus dos
hijas quienes, según Heliodoro Carpintero, le decían ternuras como
si fuera un niño dormido después de bregar todo el día. Tras
besarlos uno a uno y decir «Ya está bien, Señor», devolvió su alma
al Creador. El entierro en día lluvioso fue un elocuente clamor de
pesares y admiraciones.
«Aparecía la risueña amplitud de la huerta levantina con palmeras y
grupos de cipreses que recuerdan los calvarios aldeanos, con
frescos rumores de norias y regueras y zumbar de moscas y de abejas
y un incendio de sol». (Las cerezas del cementerio). Hagamos
memoria de un amante de la vida según se palpa en cada voz escrita,
en cada párrafo de su obra extensa que es preciso leer despacio
para poder saborear su lirismo y su intención. El tiempo debe
quedar adormecido para que trabaje el intelecto sacudido por la
insinuación y así pueda captarse adecuadamente el resplandor de la
puntualización exquisita. El ambiente se ha de adornar de
guirnaldas de silencio para que se escuche el rumor primoroso de la
esencia más suave entre cuchicheos de angelotes. Sus escritos,
esculpidos entre hipérboles y metáforas, entre evocaciones y
glosas, nos mueven a viajar, a revivir escenas, a tocar lo etéreo.
«Sigüenza se refugió en el portalillo del hombre solitario, y al
cerrarlo, semejó encajar una losa de silencio y de tiempo». (Años y
leguas). Hagamos memoria, sin que ninguna losa del tiempo la
esconda, de un hombre bueno, cabal y noble. Un homenaje se hace
para resaltar las cualidades por las que generalmente fue
reconocido por los que le trataron. Su compatriota Miguel de
Unamuno dijo de él que «su inteligencia era la forma suprema de su
bondad». Su paisano Óscar Esplá escribió que «de su persona
trascendía armoniosamente la noble exhalación, la confortante
pureza de su arte». Y su comprovinciano y gran amigo Azorín
dijo de él que «era el resumen de la bondad».