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              LA BUENA MUERTE 

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LA BUENA MUERTE
por Francisco Peiró 

CAPITULO I
CAPITULO II

Sinopsis:

Ambientada en el Monóvar actual, la acción transcurre a lo largo de tres días del otoño tardío. Una de las familias de más solera y prosapia del pueblo, terratenientes de la vieja estirpe, uno de cuyos miembros es el presidente de la corporación municipal, se reúne con motivo del fallecimiento, por accidente, del primogénito, personaje vinculado a los círculos políticos y financieros de la capital. Son gentes cosmopolitas, caprichosas, violentas, de pocos escrúpulos y muchas escamas, acostumbradas, siempre, a  hacer su santa voluntad. No pretende, sin embargo, ser esta una novela a de acción, sino de reflexión sobre los límites de la libertad. Un estudio acerca del derecho del individuo a disponer  de su propia  vida y la de sus semejantes.

CAPITULO I

       El de pompas fúnebres, ojo y bigote cosidos al ataúd, guiñó el otro al alcalde. Este, a su vez, contempló las alturas de su sobrino, cuyas pupilas estaban clavadas en la rubia que se erguía entre la morena multitud.
       ¿Quién es?
       ¿Desean ver su rostro por última vez?
       El alcalde, cogido entre dos fuegos, optó por el silencio. El sobrino negó con un gesto. El bigote, seguido de los ojos y precedido de ruedas, parihuelas y féretro, se encaminó hacia el pórtico.
       La querida de tu padre.
       Siempre tuvo buen gusto y tras un paréntesis agregó para esas cosas.
       El alcalde, ojos pegados al cajón rodante, asintió.
       El retablo tenía cierto encanto. Su abuelo lo había reproducido en varias ocasiones con aquel estilo naif que gustaba utilizar para su obra privada. Tan lejos de aquel otro lucrativo, pomposo e hierático que utilizaba para sus retratos. Sobre un fondo ocre de arenosa roca caliza, se alienaban en batería deudos y autoridades prestos a recibir el pésame de la concurrencia, una vez la camilla rodante y su pesada carga hubieran transpuesto el vado neoclásico de la iglesia. El par de cientos de personas apostados al otro lado de la calzada la cruzaron en sigiloso silencio y fueron saludando, uno por uno, a los familiares y próceres que presidían el acto.
       ¿Se supone que he de decir algo?
       Limítate a sonreír con tristeza. Ya me encargo yo del parloteo. 
       Fernando intentó estirarse las mangas de camisa y chaqueta que quedaban varios centímetros apartadas de las muñecas. Rebajó luego la vista hacia los tobillos, donde, ni por asomo, llegaba la dobla de los pantalones. “Me siento nervioso”, pensó, “bueno, por lo menos, ya siento algo”.
       Una mano vigorosa bajó la suya a la  altura de la entrepierna y musitó una frase ritual en un lenguaje desconocido. Automáticamente enseñó los dientes con ojos de podenco apaleado.
       “Ah, claro, valenciano.”  Hacía, al menos, quince años que no escuchaba el lingo local, un legado del ilerdense medieval afectado durante siglos por fonemas moriscos y manchegos y vocablos castellanos.
       Se utilizaban tres frases rituales de condolencia que, a su vez,  podían transmitirse en dos idiomas. Cansado de sonreír como un reloj de cucú, oteó la larga cola con el rabillo del ojo y comenzó a construir un modelo. “El de la rebeca verde y el de la boina campera utilizaran el modelo A en castellano. La del abrigo marrón y el del bastón de caña el modelo B en la vernácula. El de la cazadora de cuero y el de los pantalones de pana…
       Unos labios carnosos y un perfume de Chanel le acariciaron las mejillas, al tiempo que unas manos suaves y carnosas le sujetaban los hombros.
       Te pareces mucho a tu padre. Él siempre  me hablaba mucho de ti.
       Laringe, lengua, labios y dientes se esforzaban por imitar el acento del centro de la península. Pero el intento no pasaba de lograr un remedo de la entonación empleada en los barrios altos de Caracas. De donde Fernando infirió que la rubia despampanante debía proceder de Chile o Argentina. Le molestó aquel comentario. Qué sabía ella de la relación entre él y su padre.“ ¡Joder! Si se parecían tanto porque aquellas ropas le sentaban como las de un liliputiense a Gulliver. ¡Maldito viejo!” Medio arrepintiose de aquel pensamiento. Mas, cuando quiso contestar a los labios carnosos, las suaves manos ya estaban estrechando los largos dedos de su tío el de la Caja de Ahorros quien, desde su perfil quijotesco,  la sonreía y escudriñaba con pensamientos muy obvios y poco confesables. Su mirada se cruzó fugazmente con la de su tío el alcalde, que parecía decirle con sus labios socarrones, vini, vidi, vinci (llegué, vi, vencí).
       Liquidados  los pésames, el comité de recepción: Vicepresidente de la Diputación, Subdelegado del Gobierno, alcalde local y hermano del finado, sus dos cuñados, el de la Caja de Ahorros y el vasco propietario de la cadena de restaurantes, y su único hijo dieron media vuelta y se dirigieron a la entrada del templo.
       Fernando alzó la vista y, como otras veces que había visitado aquel lugar en su niñez y adolescencia, se preguntó porque una de las torres que flanqueaba el frontispicio seguía inacabada trescientos años después de comenzar su construcción.
       Sugerí la posibilidad de restaurarla, con fondos del Feder y todo eso, pero nadie parece interesado.
       Ah.
       Tanto los concejales como el clero pasan del tema.
       ¿No?
       Dicen que la torre mocha le da personalidad a la iglesia y al pueblo. Que lo distingue de los de su entorno.
       Ya.
       Para torres esbeltas ya tenemos la del reloj, creo que piensan.
       Claro
       Quizá tengan razón.
       Quizá.
       Una mano férrea de levantador de piedras le exprimió el tríceps y le  hizo girarse. La mano del otro brazo se encontró con unos dedos gruesos y ásperos.
       Tu padre era una gran persona
       Sí, claro
       Mira que despeñarse por un barranco. Tu padre era un gran andarín, conocía todas estas sierras como la palma de su mano.
       Sí.
       Todavía no lo puedo creer.
       No.
       ¿Y tú, cómo estás?
       Bien, bien. Estoy bien.
       Todo músculos y tendones, como siempre ¿Y la comida, qué tal por allí?
       Me las voy arreglando. Teniendo dinero ya se sabe.
       Claro, claro. Tienes buen aspecto. Luego hablamos.
       Vale.
       La comitiva avanzó por la nave central en dirección al ataúd que se erguía como un grano frente al altar mayor.
       No recordaba gran cosa de aquel templo. Una más de las iglesias construidas según el modelo jesuítico de la contrarreforma que plagaban la costa levantina. Allí todo era falso; fustas, estrías, basamentos, capiteles y mosaicos. Los frescos disfrutaban de su aspecto macilento y las borrosas tallas que se adivinaban en las hornacinas de las capillas laterales le recordaban fantasmas de sudarios y cadenas. El abigarrado esplendor de un templo hindú y una falla gigantesca en el momento de su inmolación eran las imágenes que de pequeño acudían a su mente. Su tía Ana, la mujer del chef levantador de piedras, católica integrista hasta la médula, le había traído alguna vez a misa a espaldas de su madre, practicante, dentro de un saludable orden ecléctico, de los ritos metodistas de sus antepasados, quien despreciaba, como solo un súbdito de los herederos de Enrique VIII  podría hacer, los ritos y lugares de culto papistas. Ahora, el lugar se le antojaba una gran caverna de paredes blancuzcas donde reverberaban vibraciones discordantes. “Hay que ver como machacaban aquellas viejas a Pallestrina”, recordó.
       Sus tías les recibieron en los primeros bancos, un ovillo de pieles, perfumes y gafas de sol. También estaba una de sus primas. No podía recordar cual, aunque no parecía la de Toronto a quien había visitado hacia  unos tres años, un poco antes de su ingreso.  Ojos morunos, falda breve, pelo corto, piernas largas y tacones altos. Las tías se le agarraron como garrapatas y formularon las incoherentes frases de rigor. El tío Guillermo, el de la Caja de Ahorros, puso fin a la orgía lacrimógena con un seco: “Ya está bien, así no acabaremos nunca”
       El cura, sujeto joven afectado de alopecia burocrática, ayudado por un sacristán carrasposo y un monaguillo cejijunto y algo bizco, realizó una serie de idas y venidas provisto de unos instrumentos de aspersión y otros de fumigación. Entremedias, pronunció un discurso, en castellano, con una entonación entre monocorde y yámbica propia de la región. Fernando, a pesar suyo, no pudo evitar advertir que el punto de contacto alveolar del sacerdote, al pronunciar la ele, era similar al utilizado en el sur y este de Inglaterra. Queridísimo, hijo, señor y seno fueron los vocablos que monopolizaron la arenga, la cual, afortunadamente, no se prolongó más allá de los quince minutos.
       Se encontró, de nuevo, apresado en un coche. La segunda vez en menos de tres horas y en más de dos años. No es que se sintiera incómodo pero, sin darse cuenta, había crecido en él una cierta fobia hacia los habitáculos pequeños y cerrados.
       ¿Has leído la necrológica de tu padre en El País?
       ¿Qué?
       —Se ha hecho lo que se ha podido. Fue todo tan de repente. Tan solo sale en la edición regional, creo. Quizás mañana o pasado salga en la nacional.
       El alcalde le alargó unas hojas manoseadas y con la tinta corrida. Los lugares comunes de cualquier epitafio. Excmo. Sr. D. Ferrando Pellicer Carbona, ex Subsecretario de Industria, ex Presidente  de la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores), es director general del BSCH (Banco Santander Central Hispano), gran medalla de Isabel la Católica, y bla, bla, bla.
       Oye
       ¿Qué?
       Aquí pone que era doctor en Ciencias Económicas y Abogado.
       ¿Y?
       La tesis del doctorado se la echaron abajo por marxista, se pasaba la vida hablando de ese “incidente”. Y le faltaban dos asignaturas para  licenciarse en derecho.
       ¡Joder! Xiquet, corta el rollo, ya vale, deja de meterte con tu padre. Ahora seguro que le echarás de menos.
       Yo nunca he odiado a mi padre.
       No, solamente le has despreciado.
       Bueno, dejémoslo. Pero, tú también.
       Yo siempre he sabido guardar las formas.
       Abriose la portezuela delantera y la faz rubicunda y perspicaz  se acomodó en el asiento al tiempo que lo hacían un cuerpo rechoncho y una piernas breves. Debía de ser el hombre de confianza de su tío. Le había dicho su nombre, Tomás, Toni, Eustaquio, no recordaba. Le había ido a recoger al aeropuerto y le había entregado  las ropas del difunto que ahora vestía y que se había puesto apresuradamente en uno de los lavabos de El Altet.
        —¿Al cementerio D. Eduardo?
        Sí, sí, claro.
        Cruzaron algunas calles largas, bajas y tristonas moteadas de casas planas y pardas salteadas de algún edificio moderno de descolorido rosado o ladrillo rojo. Más tarde flanquearon una plaza de toros recién enjalbegada  de un gualda deslumbrante que en  pocos años volvería a tornarse en un pardo sombrío a tono con el paisaje. Poco después abocaron un descampado duro y reseco salpicado de barrancas, chumberas y naves industriales, al fondo herían el cielo unos afilados cipreses  cubiertos del mismo polvo utilizado para construir la macilenta tapia del camposanto. Descendieron en la explanada frente al portón. La reseca ladera del valle rodaba, entre gemas de yeso, cerdas de esparto, oscuros olivos y vides de alambre, hacia la rambla del Vinalopó. En el fondo del cauce, respaldados por las desnudas paredes del Cid y flanqueados por montes de gólgota se hacinaban los cubos y paralepípedos que daban cobijo a casi cien mil personas. Fernando se detuvo a contemplar el paisaje que hacia pocas horas había contemplado desde el aire.
       ¿En qué piensas?
       En nada tío. Ahora comprendo porque Azorín era un nihilista en su juventud.
       No sabía que leyeras a Azorín.
       Seguramente lo habré oído decir.
       El de las pompas fúnebres arribó portando su carga. Entre él y los sepultureros trasladaron la caja hasta la cripta familiar. Hermano, hermanas, amigos y deudos, con la notoria ausencia del Subdelegado del  Gobierno y el vicepresidente de la Diputación, formaron un semicírculo a fin de presenciar el emparedamiento
      
Fernando trató de sentir algo, pero no se avergonzó de no sentir nada. Cuando lo de su madre. De eso hacia, ¿ocho, diez? Sí, diez años, un remordimiento avinagrado se le instaló en los sesos. En aquel tiempo las cosas eran diferentes. Lo de Ceilán apenas  hacia un año que había ocurrido, aquella soga y losa le retorcía el cuello día y noche. Pensó, sin querer aceptarlo, que lo de su madre tenía que ser alguna clase de venganza, una especie de retribución cósmica. Había que ser gilipollas. Se encerró en un burdel en Guantón y se emborrachó durante diez días. La melopea no contribuyo  en nada a mejorar su estado. Seguía macerado en un mar de miedos. Los dos habían tenido muertes rápidas e inesperadas. El también había dado muerte de forma rápida e inesperada, hacia tiempo que no pensaba en ello. Apenas había visto sus rostros. En el juicio pero, para entonces, eran rostros de cadáveres.
       El crepúsculo agitó los árboles con un escalofrío. Las luciérnagas de los cubículos del fondo del valle parpadearon débilmente. En la parte opuesta, el perfil de la ermita de Santa  Bárbara  despedía halos rosáceos alrededor de los oscuros azulejos  de la cúpula. Acababan de ajustar la caja al nicho cuando aparecieron el vicepresidente y el subdelegado con dos copas de más. El grupo comenzó a disolverse. Una vez más tuvo que soportar los apretones de manos sudorosas, las palmaditas en la espalda y las palabras de consuelo henchidas de alcohol del subdelegado y del vicepresidente. Habían traspasado ya la verja de hierro, sus ojos se dejaban seducir por las sombras centelleantes, cuando una suave mano rozó la suya, un hombro se deslizó por su brazo y la voz argentina de carnosos labios susurro un tenemos que hablar.

CAPITULO II

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